Una de las cosas que más disfrutamos en Bogotá fue, sin duda, la comida. Cada parada tenía un sabor distinto, cálido y muy auténtico. Nuestro recorrido gastronómico empezó temprano, en la tradicional Pastelería Florida, un lugar con más de 80 años de historia donde probamos tres clásicos bogotanos: el tinto, el tamal tolimense y una arepa con queso. El tinto llegó en jarrita metálica, negro e intenso, perfecto para arrancar el día. El tamal, envuelto en hoja de plátano, tenía ese toque especiado y casero que te abraza desde el primer bocado. Y la arepa con queso fue una sorpresa: suave, calientita y con el queso derretido justo en el centro.
Más tarde, mientras recorríamos el centro histórico, hicimos una parada en Puerta de la Tradición, donde probamos el famoso caldo de costilla, un plato típico de Bogotá que se toma mucho en la mañana. Calientito, reconfortante y lleno de sabor, con papa, cilantro fresco y una costilla que prácticamente se deshacía sola. Fue justo lo que necesitábamos para seguir caminando.



En nuestra visita a la Casa de Betty —que hoy es una cafetería— probamos el famoso jugo de mora, y en la iglesia una lechona recién salida del horno. Estar ahí, en un lugar tan icónico de la novela, mientras disfrutábamos estos sabores, fue una experiencia muy especial.
La noche la cerramos en la vibrante Zona T, en Andrés DC, donde pedimos empanadas crujientes y un tostoncito con queso espectacular: plátano verde frito con una capa cremosa arriba. Todo acompañado por un ambiente festivo, música y risas.




Y porque Bogotá también se bebe, probamos varias cervezas locales: la refrescante Águila, la clásica Club Colombia y la artesanal Colón Pale Ale, con notas más intensas y un sabor más complejo. También tuvimos la oportunidad de probar el Ron de Caldas, una joya colombiana: suave, aromático, con notas dulces y especiadas que se sienten increíblemente elegantes. Es de esos traguitos que te calientan el pecho y te hacen decir “¡qué delicia!”.
Durante nuestro paseo por La Candelaria además disfrutamos un canelazo, una bebida caliente hecha con aguardiente, canela, panela y limón, perfecta para el clima fresco de la ciudad. Ese toque dulce y picante la convierte en una de las bebidas más ricas del viaje.





El cierre gastronómico llegó camino a Zipaquirá, cuando paramos en La Catedral Llanera por un delicioso asado. La carne estaba suave, jugosa y con un ahumado que te hace cerrar los ojos. Lo comimos en la camioneta por falta de tiempo, pero esa improvisación lo hizo aún más auténtico y memorable.


Bogotá nos regaló sabores llenos de tradición y cariño. Cada plato fue una partecita de la historia de la ciudad, una forma distinta de conocerla. Comer aquí no es solo alimentarse: es descubrir, sentir y conectarse con su cultura.
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